Agradecimiento.

Franmaral




Queridos amigos:

Como decía aquel: “nunca es tarde, si la dicha es buena”. Por ello, ante estos agotadores calores de verano, bueno será tomar un merecido descanso “a la sombra de algún rebollo” y “alcurdase un puquetín” del invierno frío y rendir homenaje a tod@s l@s que tan profesionalmente participaron en EL CANTO DEL RAMO DE NAVIDAD DE FERRERAS.

En especial, lo dedicaré a las habilidosas manos de mujer que con tanta delicadeza elaboraron las cestillas de navidad, cargadas de bombones de “chiculate de relambese y chupase lus dedus” y sus tarjetas tan finamente dedicadas que tanta emoción causaron al autor de estos humildes versos que con mucho cariño quiere dedicar con el título de:

 

EL MUÑECO DE NIEVE

Sobre el caserón del horno
cae la nieve en silencio.
Cantadoras y cantores
se calientan junto al fuego.

Mientras asan las castañas
en las brasas del “rachero”,
piensan en los que se han ido,
sus costumbres y desvelos.

La tenue luz de la lumbre
ilumina sus cerebros
y entre todos se proponen
hacer de nieve un muñeco.

 

   
Ha de tener el muñeco
dos ojos como luceros
pa que admiren los ropajes
que formarán sus atuendos:
calzones de pardomonte,
camisas con sus chalecos,
fajines muy bien bordados,
sombreros de fieltro negros;
sayas, dengues y mandiles;
corpiños, toquillas, ruedos;
rodaos de lentejuelas
y zapatines de cuero;
collaradas y arracadas
lucirán con los pañuelos;
las blusas de lino blanco
y puntillas en el cuello.
 

 


Dos orejinas bien listas
que oigan bien al dulzainero,
al flautista, cantadoras,
cantadores y al gaitero;
cánticos de La Ribera,
de La Cepeda o de El Bierzo,
de Zamora o de El Pisuerga
o de La Vega de El Tuerto;
de aprendices o pastores,
de músicos o maestros,
cantos de nanas o arrullos,
limpiabotas o vaqueros,
Vicentillo el de Pisuerga,
el del milagro del ciego,
“Madre, a la puerta hay un niño”,
o el de “María en el huerto”.
 

 


La nariz bien afilada,
que huela menta o romero,
o tomillo o manzanilla
que pastan nuestros corderos,
o esencia de miel de brezo,
tan famosa en este pueblo,
y el perfume de las mozas
que no lo hay nel mundo entero.
 

 


También tendrá un corazón
que acoja al pueblo disperso,
que se olvide de rencores
y problemas pasajeros;
que dé un poco de ternura
al Niño que viene a vernos
y un poquito de cariño
a nuestra Madre del cielo.
 

 


Tendrá dos brazos abiertos
p'abrazar los forasteros
y a los que con ilusión
vienen  a ver este pueblo
y a seguir la tradición
de nuestros padres y abuelos
de cantarle villancicos
al Niño Rey de los cielos.
 

 


Trabajando todos juntos,
terminaron el muñeco
y entre todos los arrastraron
hasta el portalín del templo,
víspera de nochevieja,
cuando el frío llega a los huesos,
cuando los campos helados
tejen su manto de hielo.

Entre luces de faroles
lo deslizan por el centro,
mientras que van desgranando
estribillos y recuerdos,
cánticos que van sonando
de ilusiones y de sueños
que, por fin, se ven cumplidos,
mezclando aplausos y versos,
melodías de dulzaina,
de la flauta y del pandero,
de la gaita y panderetas,
campanas y sonajeros.

Cantadoras y cantores
regalan cantos de cielo
a todos los que gozaban
de aquel singular evento.


El Niño Dios fue testigo
de la alegría del pueblo,
de gentes emocionadas
que se aposentaban dentro.

 

 


Mas la emoción se acrecienta
cuando se acerca al muñeco
con actitud generosa
la más anciana del pueblo.

Dejó el mantón en el banco
y una lágrima en el suelo,
y, “espurriendo” bien un dedo,
en la nieve fue escribiendo
pa que lu vieran lus reyes,
pa que lu vieran sus nietus,
pa que lu leyeran todus,
este singular deseo:
“Que en el año que principia
y en lus añus veniderus
volvades a estare unidus
lus jóvenes y lus viejus,
y, aportando cadagunu
amore, cariño y respeto,
regaledes a este mundo
otro emotivo concierto".

 


Ferreras, julio de 2019
Francisco Martínez Álvarez
FRANMARAL